Pensemos la paz

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   ¿Alguien piensa en la paz del alma, cuando de paz se habla? Más allá de toda realidad, soberanamente enmarcada en cada nación, quien no tiene paz en su intimidad, dentro de su hogar, no puede sino juzgar a quien le declara la guerra, entre esas cuatro paredes. A veces, una casa es un campo de batalla, techado; otras, es trinchera. Existen rehenes del dolor, de la violencia y de la palabra que, en ocasiones, es un arma letal.
¿Alguien piensa en los niños maltratados, abusados, castigados, por sus padres, hermanos? ¿En esos niños indefensos, obligados a trabajar, a pedir limosna, a mentir? Esos niños son pobres de oportunidades, de cariño; son ricos de hambre, de desidia, de dolor, de injusticia, de ambición o deseo por aquello que no tienen. Es muy triste ver y no poder hacer nada ante tanta desigualdad. ¿De qué paz podemos hablarle a ese niño? Su alma debería brillar a través de su sonrisa, de su mirada; pero está opacada por tanto sufrimiento.
¿Alguien piensa en las jovencitas desaparecidas, asesinadas, secuestradas, drogadas, maltratadas, obligadas a ejercer la prostitución, lejos de la contención y cuidado de sus familias? El sexo no es religión, ni la droga es el remedio para curar todos los males; todo lo contrario. La droga enferma, mata. ¿De qué paz podemos hablarle a esa joven privada de su libertad? Su corazón y su alma deberían ser templo donde orar y sentirse en verdadera comunión con su dios. Pero no es así, desafortunadamente. No hay paz posible en un alma que sufre.
¿Alguien piensa en esos ancianos abandonados a su suerte, internados en hogares, geriátricos, hospitales… Ellos sienten un especial sabor amargo por estar lejos de su familia, la que muchas veces se olvida de visitarlos. Ellos sufren la distancia, física y moral, y temen morir lejos de los afectos. Aunque estén bien cuidados y asistidos, extrañan el abrazo amoroso de su hijos y nietos. Sumidos en una profunda tristeza, comparten sus días con personas de igual situación anímica, respecto del estado emocional y físico, pero que no son su verdadera familia. ¿De qué paz podemos hablarles, si temen morir lejos de lo que alguna vez fue su hogar?
Pero hay otras carencias en el ser humano, que poco tienen que ver con sentimientos de paz; como por ejemplo, los matrimonios donde ya no existe amor; donde el maltrato, físico y verbal, hace estragos. Y uno va resistiendo, día a día, porque no encuentra salida a ese laberinto enmarañado y oscuro.
¿De qué paz podemos hablarle a ese par de cónyuges, si no tienen paz ni con ellos mismos? Entonces esas almas lloran a escondidas, nublando cada sentir, oscureciendo la vida, a plena luz del día.
Por ello, cuando hablemos de paz, pensemos en cada una de esas almas que sufren; pensemos en esas almas que merecen vivir una vida mejor, porque la indiferencia es el peor castigo, y porque no hay bandera blanca que sea capaz de darle fin a esa guerra, la guerra del desamor.

   Pensemos en paz, pensemos la paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “Pensemos la paz

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