Mendigos de amor

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Mendigar amor debería ser delito
Quizás el amor sería moneda corriente
Habría amor para toda la humanidad
Seríamos ricos atesorando el sentimiento
A besos, palabras de aliento, sueños.

Nada mejor que dar y recibir amor
Estrenando melodías entrelazadas
De corazones palpitando fuera del pecho
Vapores de dulzura creando lluvias
Palmadas de “te quiero/s” resonando
En el aire, como campanas al vuelo
Extensos y torrentosos ríos de sonrisas
Abrazos de colorido trinar de pájaros
Que sean nido y entibien la esperanza
Que las manos hagan olas de papel azul
Donde escribir con tinta indeleble
Un decálogo inédito con rubor de mar
Que encienda mareas de felicidad.

Sentir la alborada en plena noche
Oír el abrazo silente de esos seres de luz
Que llevan el sol por dentro y son hogar
En el infinito de la memoria y la piel del alma.

Y buscar un lugar dentro del corazón
Para esos mendigos de amor
Que lloran en soledad
Quedarse allí bordando luces de cristal
A sorbos de luna, constelaciones de estrellas
Pincelando destellos en la oscuridad
Que ese fuego eterno sea murmullo de leños
En el cuerpo, así sentir el calor por dentro
Más allá del gélido cielo invernal.

Y que las calles se vistan de gala
Sin deudas de almas hacia otras almas
Sin niños durmiendo descalzos de amor
Vestidos de indiferencia, abandono, dolor
Sin gente pidiendo a diario una moneda
Para comprar piezas de pan para el corazón.

Ojalá no haya que mendigar más el amor
Sólo olvidar las penas del hambre
Y al fin recibir la tan ansiada Nochebuena
Con la luz del alma brillando en la mirada
Así celebrar la Navidad del Niño Jesús
En un abrazo conjunto, pleno de felicidad
Y que el amor sea una flor de luz y paz
Brotando entre las piedras que tejió la vida
Perfumando por siempre las aceras del alma.

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En la penumbra imaginaria del reloj

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Alguien me dijo alguna vez
Que mis ojos bailan cuando miro
Y mi mirada es un poema danzante
Cargado de letras solares
De rimas que afloran sin espinas
Entre vapores y nubes aladas
Con metáforas perfumadas
Suaves pétalos de cielo asonante.

Alguien me dijo alguna vez
Que mi alma es un manojo de letras
Abecedario vivo que late a racimos
De frutos rojos y uvas de tinta oscura
Que renacen bajo la luz del sol
Y a mordiscos de claridad
No le temen a nada ni a nadie
Ni siquiera a mi propia sombra
En la penumbra imaginaria del reloj.

Cada letra es un fruto que se abre
Al hambre y a la sed
Casi un almíbar para otras bocas
De inconfundible sabor
Y es su jugo y su color, alimento
Delicioso que ennoblece el corazón
Mientras galopa al calor del día
O reposa en la quietud de la noche
Abrazado a la luz de la luna.

Y en ese exquisito bocado de tinta
La palabra es herida que sangra
Y calla, respira silente, a solas
Pero también llora, gime, grita, habla
Y canta, la palabra canta
Es melodía abierta, musicalidad etérea
Eco infinito de la voz del alma
Que evoca, transita, pregona, añora
El origen de las cosas y del sentir
En lo perpetuo del amor
Lo intangible de la inspiración
Que se hace tacto en la palabra
Mientras el cielo se viste de gala
Con un poemario que aguarda
Tu mirada de firmamento estelar
Especialmente cuando estoy ausente
De mí, de vos, de todos
En el inefable atardecer de la vida.

Pensemos la paz

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   ¿Alguien piensa en la paz del alma, cuando de paz se habla? Más allá de toda realidad, soberanamente enmarcada en cada nación, quien no tiene paz en su intimidad, dentro de su hogar, no puede sino juzgar a quien le declara la guerra, entre esas cuatro paredes. A veces, una casa es un campo de batalla, techado; otras, es trinchera. Existen rehenes del dolor, de la violencia y de la palabra que, en ocasiones, es un arma letal.
¿Alguien piensa en los niños maltratados, abusados, castigados, por sus padres, hermanos? ¿En esos niños indefensos, obligados a trabajar, a pedir limosna, a mentir? Esos niños son pobres de oportunidades, de cariño; son ricos de hambre, de desidia, de dolor, de injusticia, de ambición o deseo por aquello que no tienen. Es muy triste ver y no poder hacer nada ante tanta desigualdad. ¿De qué paz podemos hablarle a ese niño? Su alma debería brillar a través de su sonrisa, de su mirada; pero está opacada por tanto sufrimiento.
¿Alguien piensa en las jovencitas desaparecidas, asesinadas, secuestradas, drogadas, maltratadas, obligadas a ejercer la prostitución, lejos de la contención y cuidado de sus familias? El sexo no es religión, ni la droga es el remedio para curar todos los males; todo lo contrario. La droga enferma, mata. ¿De qué paz podemos hablarle a esa joven privada de su libertad? Su corazón y su alma deberían ser templo donde orar y sentirse en verdadera comunión con su dios. Pero no es así, desafortunadamente. No hay paz posible en un alma que sufre.
¿Alguien piensa en esos ancianos abandonados a su suerte, internados en hogares, geriátricos, hospitales… Ellos sienten un especial sabor amargo por estar lejos de su familia, la que muchas veces se olvida de visitarlos. Ellos sufren la distancia, física y moral, y temen morir lejos de los afectos. Aunque estén bien cuidados y asistidos, extrañan el abrazo amoroso de su hijos y nietos. Sumidos en una profunda tristeza, comparten sus días con personas de igual situación anímica, respecto del estado emocional y físico, pero que no son su verdadera familia. ¿De qué paz podemos hablarles, si temen morir lejos de lo que alguna vez fue su hogar?
Pero hay otras carencias en el ser humano, que poco tienen que ver con sentimientos de paz; como por ejemplo, los matrimonios donde ya no existe amor; donde el maltrato, físico y verbal, hace estragos. Y uno va resistiendo, día a día, porque no encuentra salida a ese laberinto enmarañado y oscuro.
¿De qué paz podemos hablarle a ese par de cónyuges, si no tienen paz ni con ellos mismos? Entonces esas almas lloran a escondidas, nublando cada sentir, oscureciendo la vida, a plena luz del día.
Por ello, cuando hablemos de paz, pensemos en cada una de esas almas que sufren; pensemos en esas almas que merecen vivir una vida mejor, porque la indiferencia es el peor castigo, y porque no hay bandera blanca que sea capaz de darle fin a esa guerra, la guerra del desamor.

   Pensemos en paz, pensemos la paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conversaciones

imageCada día descubro algo nuevo
no muy diferente al anterior
es como si una nueva voz templara
las cuerdas de mi mirada cada vez
aunque mis ojos son los mismos
solo cambia la intencionalidad
y hasta podría decir, la intensidad
como si la luz que atraviesa la ventana
filtrándose por el ojo de buey
(del corazón)
dibujara vetas entre pliegues
surcos y grietas de la vida
talladas en el alma
día a día más profundas
que me hacen ver el pasado
en un extenso viaje hacia atrás.

Miro mi rostro en el espejo
Tantas veces me dijeron:
sos muy parecida a tu mamá…
recién ahora lo puedo notar, apreciar
tengo algo de mi madre, o mucho quizás
(ella ya no está)
la recuerdo maquillándose la cara
tan bella, luminosa
siempre le gustaron las cremas
los maquillajes en sombra y labiales.

En eso sí me parezco a ella
me encanta delinear mis ojos
darles color
también con los grises humo
y pintarme la boca suave o a fuego
según la ocasión
pero confieso que cada vez más
para disimular esas marcas
(del alma)
son los años, me digo
y mientras tanto
toco mi rostro con los dedos
percibiendo el olor de la crema
(antiarrugas)
acariciando en forma circular
el contorno de mis ojos
(malditas patas de gallo).

Y vos, ¿cómo me ves?
le pregunto al espejo, con respeto
pero el espejo no me habla
quien responde es una sutil sonrisa
(apagada)
ah, entiendo, hace falta más luz
entonces enciendo la lámpara
(antiedad)
cacheteo mis mejillas
una y otra vez
haciendo muecas frente al espejo
(que ríe en complicidad)
y sonrío con otra luz, una luz nueva
(eterna)
quizás sea ella, mi hermosa mamá
que hoy me vino a visitar.

El color de la tristeza

 

¿De qué color es la tristeza?
¿Tiene color? -me preguntás-
No lo sé, quizás, quién sabe…
Y espero no saberlo nunca
Solo sé que se siente oscura, opaca
Como la profundidad de un pozo
Al que te asomás
Y pareciera no tener fin
Como noche cerrada sin luna ni estrellas
O el abismo donde se cierne la agonía
Del amor
Como espejos viejos donde se pierden
Las miradas del desengaño
Arrugando la piel de los días
Como papeles quebradizos, sin reloj
Donde las palabras pierden pulso y voz
Y el silencio es eco agudo, interminable
El dolor, una puntada honda desangrando
Los senderos de la memoria
Por donde transitan los recuerdos
De agujas mágicas, péndulos de felicidad.

No sé cuál es el color de la tristeza
Solo sé que lo envuelve todo
Como una niebla espesa
Que impide ver el sol aunque brille
Donde todo esbozo de luz se pierde
En las comisuras de los labios
De esa sonrisa que olvidó respirar
Al cerrarse las puertas y ventanas
Del alma.

Quizás la tristeza sea transparente
Como las lágrimas en los rostros
De los niños del hambre,
De los ancianos del olvido
De los hombres y mujeres sin fe
De los castigados por la dureza
De la indiferencia, del desempleo
Como las lágrimas frente a la muerte
A la enfermedad
A todo mal que deviene con la edad
Transparente, como las lágrimas
En honor a la patria
Frente a la entrega de nuestros héroes
En manos de guerras sin sentido
De tragedias que hunden buques
Y entierran submarinos en el mar
Que derriban aviones en el temporal
De la imprudencia, la avaricia, la vanidad
Como las lágrimas del vacilar de la verdad
De la ciénaga quejumbrosa de la mentira
Transparente, como agua de lluvia
Melancólica cortina que moja y despeina
El árbol, la flor, el trigo, el nido
Las plumas de cada pájaro de luz
Las alas rendidas del corazón
Cada vez que la realidad late sin piedad
Realidad que nos pega en los ojos
Aprisionando los párpados
A cualquier hora, en cualquier lugar
Mientras ensombrece el núcleo de la vida
De nuestra vida, y hasta la del mismo sol.

¿De qué color es la tristeza?
No lo sé, decímelo vos
Mientras tanto, buscaré un pincel
Un óleo, una acuarela, una témpera,
Para pintarte el amor con un abrazo ceñido
Lleno de cariño, y a todo color:
Rojo, rojo corazón.

 

Camino al olvido




Arrancame la vida, vení
Quitame los pétalos de mi ayer con vos
Que no quede nada tuyo en mi piel
Apurate, ya no hay tiempo
Casi no llevo flores, solo espinas
Y resabios de ese aroma exquisito
Que me hacía sentir tan bien
¿Te acordás?
Solía embriagarme con tu olor…
Ya no, ya no quiero nada
Ni rastros, ni huellas, ni nostalgias.

Voy camino al olvido, y llevo prisa.

Diamante rosa

Un diamante rosa es tu boca
Brújula preciosa de cara a mi norte
Giro ansiado de sol trayéndote a mí
Con la piel y el deseo intactos
Luciendo beso a beso todo el encanto
Iluminando cada peca de mi rostro
Muda transparencia, mágico sentir.

Un diamante rosa es tu boca
Una joya hermosa buscando mi beso
Recorriendo lento el mapa de mi piel
Entre coordenadas esculpidas a latidos
Latitudes diseñadas sin voz ni aromas
Sólo ecos de diademas reales y suspiros.

Un diamante rosa es tu boca
Tallada piedra en la congruencia
Que asoma tras los muros del alma
Pliegues de sol, laberintos de agua
Labios de fuego, matiz cuasi perfecto
Mota fulgente de apasionado esplendor
Que resalta tanta voluntad de amar.

El color de la poesía debería ser el rosa
Rosa como tu boca de diamante rosa
Pequeña alhaja fulgurosa que cautiva
Valioso tesoro de luz, de pluma y tinta
Esa piedra fina del cofre de mi sentir
Rosa como la gema de tu boca deseosa
Metáfora inacabada que intento escribir.

Ojalá fueran rosas también las cenizas
Rosas cristalinas floreciendo versos
En el verde que imaginan mis pupilas
Mientras un verso germina en la hierba
Y se vuelve joya sobre una hoja blanca
En la quietud majestuosa del silencio
Rosa como las alas de esta mariposa
Abriéndose al vuelo infinito del amor.