El lobo arrepentido

Aquí estoy nuevamente para contarles otra historia, aunque confieso que, en cierto modo, aún está inconclusa, pues me sucedió algo extraordinario e increíble, lo cual me ha dejado sin palabras. Tal vez ustedes me puedan ayudar…

 

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 La otra tarde fui de paseo al bosque y me entretuve mirando cuidadosamente las diferentes clases de plantas y setas que brotan en medio de tanto follaje de tinte verdoso. La curiosidad hizo que me desviara del sendero central para observar con mayor detenimiento las clases de hongos y, cuando estaba a punto de tomar una fotografía a esos maravillosos ejemplares de la naturaleza y con mi dedo listo para disparar, escuché un tremendo alarido que hizo que desistiera de tomar tal fotografía.

 

 

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 -¡No lo haga, no lo haga, por favor! ¡No dispare, se lo suplico! – me decía una voz gruesa y temerosa que provenía de entre unos arbustos cercanos.

  -¿Quién está allí?- pregunté sorprendida.

  -Soy yo, el lobo feroz, por favor no dispare.

  -¿El lobo feroz?

  -Sí, sí, estoy aquí escondido porque el cazador me está buscando, ¡me quiere matar!

  -¡Algo habrá hecho! ¿No será usted el lobo del cuento  de Caperucita, no?

  -El mismo, mismísimo- dijo con orgullo y seguridad en la voz.

  -Entonces usted, en lugar de pedirme ayuda, debería ir a disculparse con los personajes de la historia por ser tan violento, malvado y feroz. Caperucita es una buena niña que cuida de su abuelita enferma y usted se ha portado muy mal haciéndoles tanto daño, por eso si el cazador lo está buscando, debe ser para que pague por sus actos de injusticia.

 

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-Es que estoy arrepentido y necesito de su ayuda.

  -Y, ¿cómo puedo ayudarlo?

  -¿No es usted acaso escritora de cuentos para niños? Podría cambiar el final de la historia, si se lo propone.

  -¿Cómo sabe usted eso?

  -Por la fotografía suya que vi por Internet, la reconocí enseguida. De vez en cuando entro a su página a leer los cuentos que allí publica y confieso que me sorprende que nunca haya escrito un cuento con lobos.

  -Ja-ja-ja-ja- un lobo leyendo mis cuentos, eso sí que nunca lo hubiese esperado, ni imaginado siquiera. Cuando lo comente con mis amigas, no me lo van a poder creer, pensarán que es otra de mis historias.

  -Tiene que ayudarme, si el cazador me encuentra, me va a matar, ¡me va a matar!

  -Pero de ayudarlo me convertiría en su cómplice y yo no estoy para esas cosas a esta altura de mi vida. Deberá pagar por sus errores, un buen escarmiento no le vendrá nada mal. Le ha causado mucho daño a los personajes de esa historia, aunque tal vez de otras también. Recuerdo la de “Pedro y el lobo”, ¿tuvo algo que ver usted también allí?

¡No me vaya a decir que fue el protagonista que tuvo a mal traer a Pedro!

 

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  -Ejem, ejem, bueno, pero también he participado de la canción “Juguemos en el bosque”, donde los niños juegan felices y corren deseando que los atrape, para ser ellos el lobo por un momento. No es todo tan malo en cuestión de la especie, ja-ja-ja

 -Sí, la recuerdo, “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, ¿lobo está?” Yo también la cantaba mientras jugaba, cuando niña, en los recreos de la escuela.

  -Entonces, ¿me va ayudar? ¡Diga que sí, por favor!

  -A ver, déjeme pensar en algo… ¡Ya sé!, usted irá conmigo a la casa de la abuela de Caperucita a pedirle perdón y aceptará el castigo, prenda o multa que ella y su adorable nieta decidan que realice para luego perdonarlo.

  -Bueno, acepto acompañarla, pero si en el camino nos encontramos con el cazador, usted me cubrirá e inventará cualquier excusa para justificar mi compañía y distraerlo.

  -Sí, sí, ya se me ocurrirá algo, no se preocupe – le dije solo para convencerlo, pues una autora de cuentos hace y deshace a su antojo.

Así fue que partimos cuidando las espaldas uno del otro, por si acaso nos viera el cazador. La abuela de la niña de la caperuza roja, ya recuperada del gran susto, celebraba junto a ella que el lobo había huido asustado, ante la inminente aparición del cazador. 

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Cuando golpeé la puerta, la anciana nos vio por la mirilla y corrió a tomar el palo de amasar, como arma de defensa, por las dudas el animal regresara en misión de ataque.

  -No me va agarrar otra vez desprevenida- le dijo a su nieta.

  -¿Qué quieren ustedes aquí? –gritó desde adentro, sin abrir la puerta.

  -El lobo está arrepentido y desea pedirles disculpas, viene en misión de amistad- dije tratando de convencerlas para que abriesen. La niña al oír esto se tranquilizó y le pidió a la abuela que le diera una oportunidad al lobo para disculparse, entonces la anciana abrió la pesada puerta. De todos modos, lo observaban temerosas debido a su ferocidad puesta de manifiesto en la visita anterior.

  -¿Qué quiere usted de nuevo por aquí? ¿No le alcanzó con todo el mal que nos ha hecho? – preguntó la abuela.

  -Estoy muy arrepentido de haberlas molestado, asustándolas, poniéndolas en peligro, por lo cual deseo que me perdonen, no lo volveré a hacer, lo prometo y estoy dispuesto a cumplir cualquier cosa que me pidan a cambio.

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-A ver, déjeme pensar… ¡Ya sé!, si desea nuestro perdón deberá arreglar todas las maderas del techo para que no entre más agua cuando llueva, cortar el césped y lavar las ventanas porque ya estoy muy viejecita y me cuesta mucho trabajo hacerlo. Además, mi nieta le pedirá algo que ella desee mucho.

Dile Caperucita, ¿qué quieres que haga por ti?- le dijo dulcemente a la niña.

  -El lobo me deberá indicar el lugar donde se halla el pasadizo secreto para llegar más rápido a esta casa, abuelita, así podré venir todos los días a hacerte compañía sin cansar mis pies con tanta caminata.

  -Está bien, cumpliré con todo lo solicitado y además, prometo no volver a molestarlas.

  -Aceptamos sus disculpas- dijeron al unísono.

Al oír todo esto, no pude más que aplaudir de emoción.

Esa misma tarde, luego de cortar el césped, ante las desafiantes nubes que asomaban en el cielo anunciando chaparrón, el lobo subió al techo y comenzó a clavar las maderas flojas para que no entrase agua en caso de lluvia. De tanto en tanto, miraba hacia el bosque por si andaba rondando el cazador en su búsqueda pero, por suerte para él, no fue así. 

 

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Tal vez, el hombre armado, por entonces ya estaba siendo protagonista de otra historia, por eso les pido, fieles y queridos lectores que, si ven al cazador en las páginas de algún nuevo cuento, le avisen que el lobo feroz ya saldó su deuda con Caperucita  y su abuela y que, si no tiene objeción alguna al respecto, el cuento “Caperucita y el lobo” tendrá este nuevo final.

Mientras tanto, lo he de publicar en mi blog hasta que surja cualquier novedad al respecto, aunque seguramente el cazador se sentirá a gusto con el arrepentimiento del lobo y su buena acción de ayudar a la anciana y a su querida nieta.

 

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Posdata: luego de finalizada esta historia, la cual fue publicada en mi página de cuentos, el lobo me envió un mensaje por internet, diciendo que se había sentido muy agradecido y emocionado al leer el cuento “El lobo arrepentido” en su computadora y que me felicita porque, ahora sí, tengo un cuento con lobos.

 

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Claudia Beatriz Felippo

 

 

 

 

 

 

 

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El pintor del cielo

Este cuento ha sido trabajado en el aula del jardín de infantes, con niños de cinco años. Es emocionante y bello compartir el entusiasmo de los pequeños ante una obra literaria tan pequeña y simple, pero que encierra mucho amor…

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   Miguel Ángel es un pintor, pero no cualquier pintor. Y digo no cualquier pintor, porque él no pinta casas, ni puentes, ni calles, ni barcos… ni siquiera pinta cuadros.
Miguel Ángel es un pintor del cielo. Sí, oyeron bien, él pinta el cielo. Ustedes me dirán que el cielo ya tiene color, que es celeste cuando el día y negro cuando la noche, pero no siempre es así. ¿Acaso alguna vez, se pusieron a observar los colores del cielo?
Yo lo hice, y de tanto hacerlo lo descubrí a él pintando, muy concentrado, con su traje de pintor, y su pincel y paleta de colores en la mano, aunque también tiene una brocha para aquellos casos especiales, esos que requieren mayor trabajo y dedicación.

   Lo cierto es que Miguel Ángel anda por allí, entre las nubes, las estrellas, el sol y la luna, pintando con su brocha mágica, tanto de día como de noche, siempre contento.
Cuando está aburrido de ver el cielo limpio de nubes, todo celeste, porque el señor viento se las llevó soplando fuerte, inventa colores en su paleta de pintor y sale de paseo a jugar y a divertirse un rato.

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Así fue que un día, pintó nubes de colores como esas que anuncian tormenta. Por aquí y por allá, pinceló nubes blancas grisáceas, gordas, esas que permiten precipitaciones de copos en pequeños cristales de nieve, cuando hace mucho frío, o lluvia de bolas de hielo duras como piedras de granizo en ciertas tormentas con mucho viento.

Pero no todas las nubes son blancas o grisáceas, también las hay rosadas, según la distancia en que se encuentre el sol de ellas, entonces cuando desea darle un color más vivo al cielo, pinta algunas igualitas a las que aparecen cuando el sol se esconde en el horizonte en horas del crepúsculo.

Eso sí, cuando sale el sol, todo se vuelve luz y alegría. Sus rayos juguetean con las nubes. Ellas alegres se esconden, aparecen y desaparecen hasta que llega la noche, entonces se hacen amigas de las estrellas y juegan a la ronda, entre guiño y guiño, brillando junto a ellas.

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Pero un día, mezcló tanto los colores, hizo tanto alboroto en su paleta de pintor, que ocurrió algo inesperado. Una gran tormenta de rayos se hizo dueña del cielo, con tan mala suerte que uno de los rayos cayó sobre su paleta partiéndola por la mitad.¡ Pobre Miguel Ángel, no paraba de llorar! ¿Qué haría ahora sin sus colores para pintar el cielo?
De tanto llorar, el cielo se hizo lluvia, pero fue una lluvia mágica, de esas que suenan como el tic-tac del reloj. Primero una gotita tic, después otra gotita, tac.
Así, hasta llover tanto que la gente tuvo que salir con pilotos y paraguas a la calle.

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Lentamente fue menguando la lluvia, mientras el tibio sol asomaba entre las nubes. Las gotas de agua acariciaban sus rayos transformando el cielo. Un maravilloso arco comenzó a formarse en él. Un gigantesco arco de siete colores:

Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo, violeta.

Los niños disfrutaban tanto de su belleza que salieron a jugar. Se colgaron de las nubes y pellizcaron pedacitos de colores, pequeños trocitos del arco del cielo con los cuales hacer rondas y danzar.

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Miguel Ángel al ver tan contentos a los niños se sintió mucho mejor, y ni les cuento su cara de asombro y felicidad al ver llegar a todos sus amigos pintores, trayéndole sus paletas de pinturas de colores para que pueda colorear el cielo como a él le gusta a la hora de pintar.

Estaba tan feliz que, para festejarlo, ideó crear un gran arcoiris de bellos colores, entonces,
con la ayuda de sus amigos pintores, fue preparando los arcos de ese gran puente que atraviesa el cielo cada vez que la lluvia juguetea con los rayos de sol entre las nubes para maravilla de todos quienes miran al cielo.

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Y así, todo el cielo ese día fue un hermoso cuadro como esos que cuelgan de las paredes de los grandes museos en todo el mundo para admiración de quienes los ven y disfrutan, como nosotros en este mágico cuento.

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Por eso, desde aquel día, a Miguel Ángel, lo llaman “el pintor del cielo”.

Fin

 

Autora: Claudia Beatriz Felippo

Ilustraciones: Niños de Sala marrón, Jardín 920

El reino de los cuentos

 

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   En el reino de los cuentos, había un hada pequeña que, como toda niña, era algo traviesa, inquieta y muy, pero muy despistada. No tenía reparo en mezclar todas las historias, intercambiar personajes o darle otro final a los cuentos, sin importarle demasiado que, con tanto embrollo que ocasionaba, perjudicaba a príncipes, princesas, animales, brujas y demás personajes de los más bellos, clásicos y tradicionales cuentos.
Así fue que, a decir de ella, la Bella durmiente sufría de insomnio, Blancanieves se la pasaba durmiendo todo el día, Cenicienta tenía dos hermanas vestidas con harapos, Caperucita Roja no cuidaba de su abuelita, y etc etc etc.

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   Una mañana en que el hada despistada, llamada Inés, se dispuso a desayunar, como lo hacía siempre, al borde del lago de los cisnes, halló entre unas piedras, un zapatito de cristal y pensó que seguramente la princesa Bella lo estaría buscando. Sin pensarlo dos veces, envió a un mensajero hasta el castillo, aclarándole que tuviera mucho cuidado con la Bestia, no fuera a ser cosa que lo maltratase. Como el mensajero conocía bien la historia de ambos cuentos ( La bella y la bestia, y Cenicienta) y las confusiones que Inés solía presentar, hizo caso omiso, en parte, a su pedido y partió con el zapatito de cristal hasta el palacio donde vivía Cenicienta. Claro que, al dárselo, ella creyó que era su amado príncipe, y le dio un gran beso de amor.
Eso no fue nada comparado con la historia de Blancanieves, quien en ocasión de estar remendando el pantalón de uno de los enanitos, se pinchó con la aguja y durmió por muchísimos años y, no sólo ella, sino también los pequeños hombrecitos, los pajarillos y demás animales del bosque y hasta la malvada bruja, que en ese momento llegaba con su manzana envenenada.

     Por suerte, como el cuento finalizaba, al igual que el de la Bella durmiente, con el beso del príncipe, al llegar éste y darle el dulce beso, Blancanieves despertó y, más tarde, se casó con él, fueron felices y comieron perdices. Eso sí, la bruja al despertar, huyó despavorida y sin rumbo, hasta arribar sin querer, a la casa de chocolate del cuento de Hansel y Gretel y, al comprobar que estaba deshabitada, luego del final feliz para los niños, decidió quedarse allí, escondida a resguardo de que aparecieran los enanos a vengarse de sus malas intenciones para con la hermosa Blancanieves.
Inés, a todo esto, confundida una vez más, deseaba encontrar el otro zapatito de cristal y entonces siguió buscando entre las piedras al borde del lago, con tal suerte que halló un gran huevo entre unas hierbas y ramas pequeñas, reunidas a modo de nido, tal vez en un descuido eventual de las aves acuáticas que convivían al borde del lago. Lo cierto es que el hada tomó el huevo entre sus manos y se fue volando, como toda hada, hasta su casa.
A los pocos días, en ocasión de andar ella de paseo por los cuentos, llegó hasta allí en busca de alimento, el lobo de la historia de los tres cerditos y, al ver el apetitoso huevo, decidió llevarlo hasta su guarida para luego comerlo.

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   En el camino, descubrió un granja y pensó que podría encontrar otros manjares para saciar su hambruna. Dejó el huevo en el corral de los patos y se aprestó a cazar una de estas aves con prontitud. Estaba tan satisfecho luego de obtener entre sus garras a la más grande, que huyó con el ave entre los dientes, olvidando el huevo. ¿Será por eso que el patito feo resultó ser un cisne al final del cuento? Seguramente, ya que Inés tenía la costumbre de enredarlo todo y todo el tiempo.

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   A medida que ella fue creciendo, variaron sus cualidades y también los defectos. Algunos mejoraron, otros no. En ocasión de realizarse la asamblea anual de hadas del bosque, entre todas las hadas reunidas allí, decidieron enviar a Inés a la Escuela de hadas, con objeto de realzar las virtudes de la niña y hacer de ella la mejor hada de los cuentos de toda la historia. Sólo así podrían evitar que siguiera mezclando las historias y poniendo finales inverosímiles a los cuentos clásicos. En poco tiempo, descubrieron en ella a una persona bella, con grandes poderes mágicos y mucha bondad. Con el esfuerzo de todas sus maestras y el de ella misma, aprendió muchísimas cosas relacionadas a los cuentos para niños. Menos mal, sino qué sería de todos quienes escribimos para ellos…
¿Me creen si les digo que en el reino de los cuentos pasaban cosas raras y, no sólo debido a los despistes del hada Inés, sino también a causa de ciertos ratones de biblioteca, de esos que suelen andar entre los libros?

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   Parece ser que, en la Escuela de hadas, Inés aprendió que, muy a menudo, los ratoncitos de bibliotecas entreveraban libros, con guiones de películas y otros objetos de esos que se acopian en los muebles. Así fue que el tal Ratón Pérez, que visitaba a los niños entre sueños para quitarles los dientes que dejaban bajo sus almohadas a cambio de algunas monedas, se quedó dormido bajo un árbol, con su bolsa colmada de dientecitos entre las manos. Justo bajo ese árbol supo dormir Alicia, la de El país de las maravillas. El ratón, sin querer, estaba metido en su historia, siendo el protagonista, junto al conejo blanco, el sombrerero, la oruga azul, el gato, la reina de corazones…
Luego de revivir aquel sueño fantástico que hiciera famosa a Alicia, el ratoncito despertó al momento de sentir que algunas hojas del árbol caían sobre su rostro. La única diferencia con la historia original era que, nada más ni nada menos que el ratón Remy, gran chef gourmet, y no su hermana ratona, se sentó bajo el árbol a la espera de que le sucedieran las mismas aventuras y, en lugar de té, el ratón Pérez se dispuso a comer un exquisito plato elaborado por dicho chef en base a una variación del conocido Ratatouille de París, con el agregado de queso, como era de esperar.
Por eso, gracias a Inés, ahora es sabido que dichos ratones de bibliotecas solían entremezclar las historias de los libros de cuentos con las de las películas. Entonces no se asombren si de pronto el lobo feroz de Caperucita Roja se acuesta en la cama de Peter Pan, o si a Bambi le crecen las orejas, tanto, pero tanto, que puede volar como el elefante Dumbo.

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   Será cuestión de imaginación y no de equivocación, cómo la fantasía misma despierta nuevas imágenes, de personajes e historias, en la mente de quienes las leemos y escribimos. Y, aunque algunos intenten cambiarles el final, de todas maneras habitan en nuestra mente y dan alegría a nuestro corazón.

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   Podrán existir hadas despistadas, ratones traviesos, autores contemporáneos, cuentos de hadas clásicos y otros originales, infinidad de historias y protagonistas, pero aún así la literatura siempre será única, universal y para todos quienes gocemos del reino de los cuentos.
Y …Colorín colorado, atrapemos una historia en nuestra manos y acunémosla en nuestro corazón por siempre, así y sólo así, la magia de los cuentos no habrá terminado.

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Claudia Beatriz Felippo

El nido

 

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   Se detuvo sobre uno de los puentes, maravillado por la hermosura del paisaje, con el fin de tomar esa fotografía única que, seguramente, lo llevaría hacia el primer puesto en el Concurso de fotografías de imágenes de invierno. Su mirada, entusiasta y penetrante, intentaba ver más allá del reflejo de los desvestidos árboles y del puente que se divisaba sobre el río. Los edificios contiguos parecían adentrarse en el rostro de las heladas y profundas aguas. Embelesado y absorbido por tanta belleza, de pronto reparó en aquellos ojos de visión lúgubre que lo observaban desde una de las ventanas, sobre ese espejo acuoso, de quietud y silencio profundo. Levantó la vista buscando ese ser en el edificio real, no había nadie. Volvió a mirar hacia el río decidido a fotografiar la escena y allí estaba otra vez, con la mirada fija puesta en la lente. Presionó el disparador de la cámara con intención de conservar la imagen y al hacerlo, imprevistamente, un ave levantó vuelo desde el fondo del río para posarse sobre una de las ramas desiertas del árbol que se hallaba frente a aquella ventana.
Dicen que el espíritu de aquel ave de invierno, asoma ante la mirada del fotógrafo, buscando el nido que alguna vez supo conservar en un trozo de papel rectangular, retrato de un hogar y una vida que ya no están.

 

                            Claudia Beatriz Felippo

Cartas de amor

 

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   Habían pasado más de dos años desde la ruptura, cuando se reencontró con aquella carta de amor que dormía escondida en un cajón, con la única intención de olvidarse por un tiempo de todo aquello que la había hecho sufrir tanto, y de olvidarlo a él. Lo cierto es que, entre unos papeles amarillentos y viejas postales de infancia, la huella de aquel amor desesperado, asomaba ante sus ojos. Algo inquieta, vibrante, escurridiza, aunque con ganas de ser leída, se dejaba ver entre los demás recuerdos. Ella, al ver los primeros párrafos, la reconoció enseguida, pues su letra era muy linda, redonda, legible, clara, al igual que su mirada, o mejor dicho, de la de los ojos de quien firmaba al pie.
El protagonista de aquel amor intenso, adolescente, pleno de vigor y entusiasmo, la había hecho sentir una princesa, hasta que se le interpuso aquella plebeya quien, con habilidad, le robó el corazón a su hombre, el amor de su vida. Mucho tiempo de dolor, crisis, depresión, hasta que se decidió a olvidarlo. Supo que finalmente se casó con esa mujer y tuvo una hija, pero a los pocos meses se separó e intentó buscarla para reiniciar la relación, pues nunca la había podido olvidar. Su error había sido muy grande y ahora ella no estaba dispuesta a perdonarlo, quizás por temor a otra ruptura que la llevara nuevamente al antiguo estado depresivo del que tanto le costó salir.

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   Ella, tomando aquella carta para releerla e intentar vislumbrar el por qué de su actitud, comprendió que estaba dejándola libre para que pudiera conocer a alguien que la hiciera feliz y le brindara la posibilidad de componer su propia familia.

   Así fue. Se aferró al amor de otro hombre y eso la ayudó a no pensar tanto en ese ser inestable. Se casó, tuvo hijos, pero no fue feliz. El recuerdo regresaba ante cada oportunidad en que se encontraba a solas. Sentía que era muy afortunada con la familia que había logrado formar, pero lo extrañaba. Por más que intentaba olvidarlo, siempre latía en su corazón el deseo de verlo, aunque fuera una vez más.

   Pasaron los años y de pronto, una mañana, recibió una pequeña carta de manos de su madre, quien la había hallado en el buzón de su casa y, cuyo remitente llevaba escrito el nombre menos imaginado, el de aquel hombre, su eterno amor. Ella dudó en entregársela, por temor a su reacción, pero en oportunidad de conversar sobre el tema, sintió la necesidad de que la leyera, tal vez con el deseo de que cerrara de una vez por todas ese capítulo de su vida.

 

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   Más que emocionada, abrió el sobre y, con las manos temblorosas, como presagiando un triste final, leyó desesperadamente las pocas líneas que respiraban en el papel, encerrando tanto sufrimiento. Se dejó caer en medio de la habitación al sentir que sus piernas no podían soportar el peso del dolor a causa de lo que leían sus ojos. La verdad suele ser cruel y devastadora, a pesar de que trae consigo la necesidad de saber en dónde uno está parado.

    La carta decía…

   Amor mío:  nunca pensé que esto me podría estar pasando. Te extraño hasta las lágrimas. Te necesito hasta la muerte. Te pido perdón. Te amo hasta el infinito, pero no puedo soportar saber que estás con otro, es más fuerte que todo mi amor por tí. No quiero lastimarte, ya lo he hecho en demasía. Tienes una familia, la que yo no te pude brindar. Ellos no merecen que la destruyas por mí. Eres el sol que me brinda calor en estos días nublados, pero no puedo más vivir sin tí. Cuando leas estas líneas, ya no estaré. Me voy lejos, muy lejos. Necesito paz. No pude amarte en la tierra, te amaré allá arriba. Dios sabrá ser testigo. No llores por mí. Desde hoy seré tu pedacito de cielo.

   “Tu pedacito de cielo”, esas fueron sus últimas palabras. Al terminar de leer esas pocas líneas que transmitían tanta frustración, el corazón de ella palpitaba lento, el aire se le hacía escaso y la mirada, desorbitada, perdida en el cielo, como buscando la claridad de aquellos ojos que la habían enamorado.

   Ahora sí, no lograba soportar tremenda pérdida. Si bien su pecho, a través de los años, había conformado sobre ella una coraza de protección inalterable, en ese momento sentía la desnudez desgarradora del sentimiento. El pensamiento, en un instante, se le tiñó de sangre y el alma, de tristeza. No reaccionaba ante la voz de su madre quien, en medio de la desesperación, llamó a la emergencia médica. Todo fue en vano, el shock había sido tan intenso que terminó con su vida también. Ahora, al fin, están juntos y para siempre.

                                                          Claudia Beatriz Felippo

El hada enamorada

 Era, de todas las hadas buenas de los cuentos, la más dulce, generosa, amable, solidaria, lo que la hacía sentir muy querida por todas las princesas, doncellas y hasta por los pequeños y grandes lectores de los mágicos “Cuentos de hadas”. A través de todos los tiempos, casi desde las primeras historias, ella era la hacedora indispensable de la trama, capaz de convertir a una pobre Cenicienta, en la princesa más bella, aunque no sólo ella le debía parte de su felicidad, sino también a Aurora, la Bella durmiente, entre muchas otras.

   Era un hada muy poderosa, que no dudaba en llegar de improviso, justo en el instante más apropiado, para resolver el desenlace de la historia, pero se cansó, y un buen día dijo basta. Era de suponer, estaba un tanto patilluda de ir y venir, a troche y moche, a cumplirles el sueño de casarse con algún joven príncipe y ser felices, comer perdices, mientras ella, nada. Siempre ocupada en satisfacer a las demás mujeres, relegando su propia felicidad y, aunque los cuentos no tienen tiempo real, atraviesan generaciones sin que se aprecie en ellas el paso del tiempo, la edad de sus protagonistas. Ahora, el hada sentía que se le estaba pasando su cuarto de hora y que pronto la jubilarían, por ende, sería dada de baja de cada una de sus magistrales participaciones, sin lugar a dudas, en cualquier momento.

   Claro que, como todos sabemos, los cuentos ya no son como los de antes. Ahora los niños vivencian otras situaciones, se interesan en ser ellos mismos los protagonistas de diferentes aventuras y ya no creen en esas bellas historias de amor, con varitas mágicas, lluvias de luces y estrellas de colores en manos de hadas buenas, especialmente a partir de la película del ogro Shrek, que rompió con todos los cánones de la literatura infantil y juvenil.
La cuestión es que, esta vez, el hada dijo: Basta, ahora es mi turno y a quien no le agrade la situación, que se tome un avión, pues ya la época de carrozas doradas terminó. Desde hoy usaré todos mis poderes en beneficio propio. Ya nada de ayudar a princesas, príncipes, interviniendo ante reinas, reyes, brujas, hadas malas, paseando en carruajes con corceles, habitando en inmensos palacios. Me toca a mí, es mi turno y para ello voy a embellecer mi silueta, pues intentaré verme cual una verdadera princesa. Mañana mismo comenzaré a ir al gimnasio, pues estos kilos de más no me favorecen. Buscaré un personal trainer que me guíe con una rutina básica, luego iré a la peluquería y pediré que me realicen un alisado permanente, coloración Rubio claro ceniza, manos y uñas, para lucir bien delicada y elegante, como una verdadera reina, al mejor estilo Máxima de Holanda. Ya verán, estaré irreconocible.

   Así fue, se decidió y entrenó duro, compró ropa y calzado para diferentes ocasiones, pasó por el salón de spa y peluquería, entre otros menesteres. Quedó tan exhausta, que al finalizar la jornada, prefirió ir a descansar un rato, si bien antes se dispuso a comer una ensalada light, para luego recostarse en el sillón y mirar alguna película, con tan mala suerte que en Disney Chanel estaban televisando “Princesas”. Esto es demasiado-pensó- y, sin más ni menos, se acostó adormir.

   Ahora debía esperar la ocasión de conocer algún caballero que la invitara a salir. Ustedes se preguntarán por qué no utilizaba sus poderes mágicos para ello, lo cierto es que con ella no funcionaban. Además, le interesaba enfrentar el desafío de intentarlo sola, sin la ayuda de su varita mágica. No le faltaba roce, ni educación. Había aprendido los modales de las personas que ella misma había ayudado a enamorar, entonces no sería muy difícil la cosa, sólo era cuestión de tiempo, esmero y fe. No en vano paseó por tantos palacios, codeándose con gente de la realeza, cualquiera podría sospechar que era una más de todas aquellas princesas.

   Una tarde en que decidió ir al salón de belleza a retocar su color y peinado, en ocasión de encontrarme yo también, la vi. Estaba sentada bajo el secador de cabello, cuando pasé en busca de otro secador, y la reconocí enseguida. No era para menos, había leído una y otra vez los cuentos cuando niña y luego, ya mayor, durante mi desempeño como docente de infantes. ¡Los conocía de memoria, cómo olvidar semejante personaje!

   Al descubrirla, la miré fijo a los ojos y se incomodó, creo que notó mi sorpresa. Como no podía dejar pasar semejante oportunidad, le pregunté si por casualidad no era el hada de los cuentos clásicos y, tratando de desviar el tema, contestó que estaba confundida, pues no tenía nada que ver con quien sugería. Claro que, al llamar la atención de otras clientas con el comentario, todas se acercaron inmediatamente y no tuvo más escapatoria que decir la verdad.
Bueno, digamos que sí lo soy, o mejor dicho, era, pues ya estoy jubilada y por decisión propia, nadie me lo pidió, yo solita tomé tal determinación.

– Y, ¿por qué haría eso usted, si es un personaje tan apreciado y bienvenido en los cuentos?
– Lo cierto es que renuncié a ellos para encontrar al hombre de mi vida. Me harté de intervenir en las historias de amor y no recibir nada a cambio.
– ¿Y ya lo ha encontrado?
-Aún no, pero estoy preparándome para ello, ya verán. En unos minutos nos relató sus intenciones con gran entusiasmo haciendo incapié en el esfuerzo que ello le estaba demandando. Creo que, quienes estábamos siendo testigos de todo aquello, pensamos -con qué necesidad renunciar a algo tan maravilloso, como es traer alegría a los personajes de los cuentos, amén de los niñas que gustan de las clásicas historias de hadas. Al despedirse nos dijo que pronto tendríamos noticias suyas por los medios ya que, en la actualidad, la información está al instante, ya sea por radio, televisión o internet, pues no hacen falta cuentos mágicos para conocer el destino de las personas importantes y famosas.

   Estaba tan desconcertada, que no pude salir del asombro, con decirles que ni me dio tiempo a comunicarle que soy escritora de cuentos y que, juntas tal vez, podríamos encontrar su príncipe azul y crear su propio cuento…
Pasaron los días y no volví a saber de ella. Pensé que quizás se arrepentiría de la decisión tomada y regresaría a ser partícipe de alguna otra historia, aunque no fuera precisamente de princesas. En ello iba pensando cuando de pronto la crucé en una de las galerías del shopping. Llevaba varias bolsas de casas de prendas de vestir, pero iba tan apurada y nerviosa que ni se percató de mi presencia. Confieso que la seguí, sin que lo notara. En unos minutos salió apresurada y tomó un taxi, yo, otro por detrás hasta descubrir dónde residía. Era una hermosa casa de dos plantas, con un frondoso y colorido jardín por delante. Monté guardia diariamente frente a su propiedad para conocer detalles de su vida, pues mi ansiedad no me dejaba alejarme de ella. Tenía la gran oportunidad de escribir la más interesante historia de amor del hada madrina tierna, bella y dócil de mis cuentos preferidos, no iba a perdérmela.

  Así fue que una noche, se encendieron de pronto todas las luces del jardín. El cielo se tornó más brillante y maravilloso que nunca y, de repente, una guirnalda de estrellas de colores se desprendió de una de sus nubes rosadas, cayendo sobre la puerta de entrada, justo frente a la glorieta. Por ella descendió una nave con potentes luces que titilaban a más no poder. Ella, desde la ventana del piso superior, observaba maravillada la escena. Lucía un impactante vestido de seda blanco con rositas rococó en los breteles. La nave se posó sobre el césped del jardín y de ella descendió un apuesto caballero, con traje azul y vistas de lamé plateado. Parecía un príncipe, como aquellos que el hada bien conocía. Al verlo, bajó rápidamente las escaleras y se presentó ante él, quien le tomó su mano y la besó delicadamente. Yo no podía salir del asombro. Está bien que mereciera un hombre especial y buen mozo pero, ¿no sería demasiado que arribara en una nave espacial? ¿Desde dónde venía, de otro planeta tal vez? No lo creo, quizás era un avión privado súper moderno y costoso. Me detuve a mirar por detrás de un pino de tronco grueso, para pasar inadvertida y poder ver mejor y, grande fue mi sorpresa, cuando lo pude apreciar de cerca. Lo reconocí enseguida, era el príncipe de la Nueva galaxia, personaje principal de la serie para niños, nuevo éxito en la web.
Cuando los vi abrazarse con tanto amor, supuse que era el hombre que ella estaba esperando desde hacía tanto tiempo y me alegré tanto que comencé a aplaudir, rompiendo todo el encanto. El hada, al verme, sorprendida por tal intromisión de mi parte, decidió presentármelo, entonces supe de su procedencia. Ya no era necesario escuchar la radio, ver la televisión o informarme vía internet, tenía la primicia al instante, era mi oportunidad de escribir una nueva historia, sólo restaba indagar como se habían conocido y comenzado la relación. Al preguntárselo, ella, muy suelta de cuerpo dijo: ¡Por el chat!

                                                                                Fin

                                                              Claudia Beatriz Felippo

Puentes de amistad

 

amistad

 

   Cuando yo era niña, vivía en una casa frente a las vías del Ferrocarril Roca junto a mis padres y hermanos. A menudo nos sentábamos en el pilar de la entrada y mirábamos pasar los trenes repletos de personas que iban a trabajar a capital, en el sentido norte, o hacia Mar del Plata, tal vez de vacaciones, hacia el sur. Nos alegraba saludar agitando las manos a la gente que nos veía por la ventanilla y más de uno nos respondía el saludo, cosa que nos alegraba y festejábamos cual si fuera toda una hazaña. La casa, hacia el fondo, tenía un largo jardín de cincuenta metros, donde se levantaban diversos árboles frutales, entre canteros con plantas y flores. El terreno estaba rodeado de ligustrinas que mi padre con paciencia y esfuerzo recortaba con el fin de emparejar sus ramas y también evitar que creciera demasiado. Con mi hermana solíamos jugar en el patio contiguo al comedor, mientras mamá organizaba sus tareas. A menudo andábamos en bicicleta por los senderos del jardín, haciendo equilibrio para no pisar los canteros o nos hamacábamos un rato por la tarde luego de jugar al Pisa Pisuela con nuestras amigas del barrio, aunque lo que más me gustaba era ir a la casa de mi vecina Patricia y jugar a las visitas, tomando el té en el juego de porcelana miniatura que le habían traído de Inglaterra. Era una época en que los niños podíamos jugar en la calle, sin estar tan pendientes de la mirada atenta de nuestros padres, así que dibujábamos la rayuela en la vereda y disfrutábamos de aquellos viajes entre la tierra y el cielo más de una vez, siempre con la piedra en mano para una nueva oportunidad de viajar bien lejos. En época de carnaval, nos divertíamos llenando los globos con agua y arrojándonoslo o echándonos chorros de agua con la manguera para refrescarnos un poco.

   Lo más maravilloso era cuando mi querida gran compañera y amiga Nilda nos invitaba a la piscina. Ella vivía a la vuelta de mi casa, en la misma manzana, a mitad de la cuadra, entonces para ir a su casa debíamos recorrer todo ese trecho. Como mi madre muchas veces estaba ocupada y no nos podía acompañar, comenzamos a pensar en la posibilidad de hacerlo de alguna otra forma. Nosotras disfrutábamos mucho de jugar juntas, éramos inseparables, tanto en la época de escuela como en las vacaciones, porque la pasábamos de maravillas, conversando y compartiendo la vida y la amistad.Claro que en verano, esto sucedía más a menudo ya que, como no teníamos horarios escolares ni tareas, nos invitaba a jugar, nadar y luego compartir la merienda. A menudo el calor agobiaba y no daban muchas ganas de estar al sol, entonces armábamos una casa de juego en el garage de mi casa y pasábamos horas jugando a la mamá, a la maestra o tan sólo disfrutando de estar juntas.

   Una tarde mi padre estaba cortando las hojas en el cerco que lindaba con la casa del vecino de la cuadra donde vivía mi amiga, pues los fondos se comunicaban en ese punto y, mientras yo le ayudaba a juntar las ramas y hojas caídas, descubrí que ese era el terreno de Nilda, ya que visualicé con gran sorpresa la piscina colmada de gente nadando y haciendo bulla. Era un domingo en familia como tantos otros y todos estaban aprovechando a refrescarse un poco. Con mucha alegría lo comenté con mi padre y le dije si me permitía llamar a Nilda desde allí, pero como la piscina estaba algo alejada, no me oyó. Al otro día, cuando ella vino a jugar a casa, se lo comenté y quiso ver ese mágico lugar. Recuerdo que teníamos tanta emoción que pensamos en hacer una especie de puente o pasadizo para unir los dos terrenos, aunque había de por medio un alambrado que estaba por detrás de la ligustrina de mi casa. Como mi padre trabajaba en una fábrica de productos químicos, hallamos un barril de grandes dimensiones en el galpón y decidimos usarlo para tratar de llegar a la altura del perímetro del alambrado. Intentamos subir y pasar al otro lado pero había muchas ramas gruesas por la añosa cerca entonces comenzamos a cortarlas dejando un hueco lo suficientemente grande como para que las dos pudiéramos pasar al otro lado. Claro que al probar de hacerlo nos quedaba muy bajo el nivel del terreno al otro lado, entonces mi amiga pensó hablarlo en familia y ver cómo resolverlo. Pasaron los días y no lográbamos encontrar el modo de emparejar las bases del cruce hasta que de pronto, con inmensa alegría algo especial sucedió. Una tarde, cuando menos lo esperaba, Nilda apareció en mi casa por el pasadizo secreto al que bautizamos Nildi-Clau ( no hace falta aclarar el porqué de ese nombre). Sus hermanos la habían ayudado colocando unas maderas a modo de escalera, al notarla tan entusiasmada con la idea. Desde ese día nos comunicábamos por allí. Yo la llamaba o me llamaba ella, yo cruzaba a la hora convenida o cruzaba ella. Era muy divertido y nos ahorraba dar toda la vuelta a la esquina por la calle.

   Así se sucedieron los días hasta que a mi padre lo trasladaron a otra fábrica en la ciudad en la que aún hoy habito. Recuerdo cómo nos lamentábamos al saber que no nos veríamos diariamente como hasta ese momento. Las dos sufrimos mucho separarnos y nuestras familias también. Nilda fue la primer invitada a pasar unos días a mi nueva casa y, de esa hermosa experiencia, conservo las fotografías que ahora comparto con todos ustedes. Pasamos unos días intensos, alegres e inolvidables aunque, después, la despedida fue ciertamente triste para las dos. En ese entonces no teníamos teléfono, ni viajábamos muy seguido a nuestros pagos, por la intensa ocupación de mi padre al poner la fábrica en marcha. Pasaron los años, nos vimos contadas veces. Nos pusimos de novia, nos casamos, tuvimos hijos…eso sí, participamos de la fiesta de casamiento en las dos ocasiones, felices de compartir tan especial momento de nuestras vidas, con indescriptible emoción. De las dos, fui la última en casarme y ella asistió a la celebración junto a su hermosa familia. Recuerdo que, cuando la vi en el templo, me emocioné tanto que ese abrazo aún lo sigo sintiendo, a la distancia. Desde esa mágica noche, no nos volvimos a ver.
Pasaron muchos años. Ahora tenemos un nuevo puente que, aunque está muy lejos de ser igual, tiene su magia y encanto. Nos permite vernos y comentar algunas cosas, saber si estamos tristes o contentas, apreciar imágenes y compartir palabras, siempre con la promesa del reencuentro.

   Internet es eso, un puente especial que une los corazones de la gente que se quiere y extraña, y eso es posible a través del Facebook. Por eso quise escribir esta historia que es real, para compartirla con todos ustedes que también son mis amigos.
Nilda y yo creamos un puente de amistad y amor hace más de cuarenta años ( ¡uy, que
vieja que estoy! ) y ahora descubrimos y compartimos este otro puente maravilloso y virtual que nos permite seguir compartiendo sueños, palabras y sonrisas, siempre con el mismo anhelo de vernos pronto.
Espero que en este nuevo año que se inicia lo logremos, que podamos disfrutar de ese cálido y esperado abrazo. De mi parte, prometo mostrarles las fotografías y contarles cómo resultó la experiencia.
Muchas felicidades a todos y cada uno de ustedes y en especial, a mi querida e inolvidable compañera de juegos y aventuras, mi amiga Nilda, y a toda su familia.

                                                              Claudia Beatriz Felippo