La dama de negro

Un frío día de invierno llegó al pueblo una misteriosa mujer; vestía de negro, de pies a cabeza. Usaba faldas y camisas negras, vestidos negros ajustados al cuerpo, insinuando su escultural figura, sombreros de ala ancha, zapatos de punta fina y tacos aguja. Su mirada era oscura y perdida. La gente la llamaba: “La dama de negro”.  Muchos le tenían miedo; al verla venir cruzaban de vereda y se persignaban tres veces. Las vecinas solían baldear las baldosas de sus veredas con vinagre y agua, luego de que los pasos de aquella intrigante dama dejaran huellas en el aire, tras el repiqueteo de sus tacos aguja.

Se comentaba que era viuda y que quizás haya asesinado a su marido, ya que alrededor de su casa, por las noches, solían revolotear murciélagos y lechuzas. Por el tejado de la misma caminaban gatos de pelaje oscuro, más oscuro que el agujero profundo de la noche más cerrada. Lo cierto es que todos le temían, todos menos Pedro. Él no era supersticioso, pero sí valiente y corajudo, como pocos en el pueblo.

“La dama de negro” salía de su casa todos los días a la misma hora, luego de que se pusiera el sol. Regresaba a los treinta minutos, cada vez. Nadie sabía adónde iba, ni con quién se reunía.

Una noche cualquiera, Pedro decidió seguirla, para tratar de descubrir la verdadera razón de tanto misterio. Caminó tras ella hasta verla entrar a la parroquia del barrio. Dudó un momento en ingresar, hacía años que no iba a misa. Lo hizo, finalmente. Quería sacarse la duda. No había fieles en el templo, aún faltaban algunos minutos para que se comenzara con los preparativos para el ritual de la eucaristía. Ella estaba frente al confesionario. Pedro se paró detrás, como esperando su turno para confesarse, al igual que ella. Quería escuchar su relato de confesión; seguramente descubriría su secreto, aquello que aquejaba su conciencia.

-Dígame qué pena siente hoy su alma – le dijo el cura a la mujer.

-Tuve otro sueño, Padre. Anoche tuve otra pesadilla, la que no me deja en paz.

-Cuénteme, tranquila, cuénteme todo. El secreto de confesión siempre la ampara -respondió el sacerdote, como si lo que estaba a punto de decirle la mujer se tratara de un nuevo gran pecado, de una conducta reincidente en su personalidad.

Pedro no podía creer lo que estaba escuchando, entonces dio dos pasos hacia adelante para oír mejor la confesión, así saber cuál había sido el sueño que atormentaba, esta vez, a “La dama de negro”.

-Anoche soñé que mataba al cura del pueblo -dijo la supuesta viuda, mientras metía su mano derecha en el bolso negro que llevaba colgado del hombro.

-No se atormente más, ha sido un sueño, solo un sueño. Rece tres -Padre nuestro-, y tres -Ave Ma…

Pedro no escuchó nada más. La dama se dio vuelta rápidamente, mientras guardaba el puñal ensangrentado en el bolso. En ese instante, al descubrir a Pedro, lo miró fijo a los ojos clavándole la mirada – fría, profunda y oscura, negra como su atuendo-. Y se marchó.

Él llegó a su casa corriendo, estaba muy asustado. Redactó su propio epitafio; mientras tanto pudo oír el chillido de los murciélagos y lechuzas; y a los gatos -de piel oscura, como la noche misma-, caminando sobre el tejado y maullando continuamente, a modo de lamento.

A lo lejos, los tacos aguja de “La dama de negro”, comenzaban a escribir el final de esta historia.

Una roca

El silencio

(Imagen tomada de la red).

El silencio no es más que el pulso detenido de la historia,
que un enjambre de aromas en la pausa del tiempo.

Acaso la luz tiene el sonido del trueno
escondido en la memoria
de los ángeles,
en el vapor de las horas, en la lluvia,
ésa nubosidad que cubre la mirada cuando el sol se reinventa,
mientras las estrellas devoran la noche llenando el alma de luciérnagas…

El silencio es la muerte de las cosas que se estrellan contra el piso,
del viento que ya no sopla en la costa,
del trino de los pájaros que se duermen en el nido,
de tu voz y la mía confundidas en el beso;
y es ahí donde renace todo grito y se vuelve eco entre las sombras.

Claudia Beatriz Felippo

Renacimiento

Desprovista de abismos, me detengo a mirar

la envolvente cresta de la noche
que abraza con su lento parpadeo de ilusiones

el margen de un cielo estrellado asoma sin heridas
tras la agonía del crepúsculo y su voz de luces en eco

mi silente figura clama el infinito misterio que vierte

el firmamento sobre los hombros del mundo
y su única certeza, brillar con intensidad

las distancias se acercan en un punto,

vértice vivo del vaivén de mis ojos,
todo se resume en un instante de ensoñación fugaz,
estoy a punto de caer

la luna se eleva sobre constelaciones furiosas de ardor,
es gema que atrae y atrapa las miradas,
más allá del núcleo de un sistema giratorio,

solo sabe de imanes y órbitas, de polvos, aguas y sales

no imagina que existo, no siente, no piensa, no mira,
desconoce la inercia de sus alas,
el poder de su corazón de piedra,
el arte de tamaña belleza, pincelada por la luz del sol,
como la palabra,

verdor de renacimiento inédito desde las sombras,

sentimiento vivo que se hace poesía en tus ojos.

Claudia Beatriz Felippo

(Imagen tomada de la red)

Amor de abuelo

Será

Renacer

Un sueño

Puente

Claudia Beatriz Felippo

(Imagen tomada de la red).