Se va el invierno

Se va el invierno
Se lleva la sombra de lo que fui
Agosto muerde senderos de sol
Sembrando calor

Y soy semilla buscando la luz
Del atardecer
En tu corazón
Soy parte de ti
No quiero perderte.

Se va el invierno
Se lleva un puñado de risa y voz
Agosto tiñe la luna de miel
Mi faro de fe

Y soy plegaria, soy canto y latir
La noche febril
Me lleva a soñar
Tu abrazo en mi piel
No quiero olvidarte.

Seamos luz de luna en el alma

Un sueño inalcanzable,
Un rasguido de cielo entre las manos,
La certeza de lo que el corazón calla,
El sísmico infortunio de la nada que atormenta,
La prisa del viento en el rubor de las nubes,
El lenguaje tibio del murmullo del nido,
La esperanza que asoma en el pliegue de lo deseado…

Todo eso y mucho más, late
Cuando te pienso, sumido
En un cristal de lluvia,
Lejano, en al alboroto del horizonte
Tras la alborada.

Quedate un rato conmigo,
Seamos luz de luna en el alma,
Y que todo lo demás nos abrace.

Claudia Beatriz Felippo

Imagen tomada de Internet.

Contemplarte

Imagen tomada de la red.

Pulsaciones

Claudia Beatriz Felippo

Imagen tomada de Internet.

Uno es…

El tiempo que dura el beso
es un instante
en el tiempo del fuego
que promete una nueva estrella,
es un latido en el corazón del silencio,
de la fuerza y la fuente de su luz.

Qué importa que no haya sol
si las nubes palpitan lluvias,
si las gotas son lágrimas de cielo
desangrándose de todo ayer…
Uno es el beso y el camino
hasta que la luz se apaga,
porque es también toda esa luz.

Claudia Beatriz Felippo

(Imagen tomada de Internet).

Te miro de lejos

Te miro de lejos, y qué importa,
alcanzo a ver el oleaje de tu pelo
enredándose en el viento,
tu silueta de inmensidad abrazando el cielo,
tu belleza de paisaje eterno;
y pienso
no hay horizonte capaz de resistirse a tal encuentro…

acaso fuera gaviota para beber de tu impronta,
renacer en cada ola y mojar mi boca,
quebrar la luz en el espejo de tus aguas,
convertir la ronda del sol en morada de fuego y silencio,
y volver a ser luna tras la sombra
de lo que nunca tuve, de la que nunca fui.

Claudia Beatriz Felippo

(Imagen tomada de Internet).

Comunión

Cierro los ojos para escucharte,
la piel dicta cada instante,
busca reconocerse en el eco de lo palpado,
es esbozo del cuerpo hecho latido.
Acaso la noche ampara el deseo,
dibuja mapas en la silueta del abrazo,
crea estrellas, pinta lunas
en el éxtasis de lo vivido,
y se vuelve luz
en cada contorno del beso,
inundando el aire de suspiros.
Te hago mío
en cada caricia de placer infinito,
en la humedad de tu rocío y el mío,
la comunión indeleble de los sexos,
mientras recorro tus pasos con mis yemas
siguiendo las huellas de cada gemido.
Y nos hacemos murmullo
en el reencuentro del éxtasis del alma,
ahí donde tu pubis sonríe,
ahí donde mi pubis te nombra.

Claudia Beatriz Felippo
(Foto tomada de Internet).

Hambre


Nada hacía prever aquel aterrador estado de conciencia, lo cierto es que de un momento a otro sucedió. Con hambre acumulada, a la desesperación le crecen alas para ir tras la presa, así tenga que arrancarle los ojos a un cuervo.

Allí quedaron los restos ensangrentados; el hombre ahora vuela dentro de su celda, con la panza llena y la mirada fría, a la espera de la próxima guardia.

Terror nocturno

Todas las noches, casi a la misma hora, comenzaba ese pequeño zumbido que se transformaba poco a poco en un ruido infernal, el que se sentía brotar desde la pared cercana a la habitación de Martín. Sonaba intermitentemente, de menor a mayor, creciendo en intensidad hasta abarcarlo todo, como queriendo devorar los oídos del niño, quien se escondía debajo de la cama, por demás de temeroso. Mientras tanto, escuchaba ese extraño eco que parecía llenar el aire. Él cerraba los ojos apretándolos con sus dedos para asegurarse de que no vería a ese monstruoso personaje que acechaba su sueño, noche tras noche. Más de una vez se hizo pis encima -del susto- al imaginar que se abría la puerta y entraba ese horroroso ser, y hasta creyó escuchar sus pasos gigantescos acercándose a la cama. Sentía tanto pero tanto miedo que sollozaba en silencio para que no lo escuchara y descubriese. Tan silenciosamente lloraba que ni siquiera sus padres advertían tal escena de terror. Si, terror, porque Martín estaba aterrorizado. A medida que pasaban los minutos crecía su ansiedad por saber qué era eso tan ruidoso, estruendoso y persistente, lo que le hacía perder la mesura y entrar en pánico cada vez que se apagaban las luces de toda la casa porque se hacía la hora de dormir. Pasaban los días y las noches se tornaban cada vez más insoportables. Al menos lograba descansar un rato, vencido por el sueño, y para cuando la madre lo despertaba para llevarlo a la escuela no notaba nada raro, excepto su cara llena de mocos todos pegados sobre sus mejillas.
¡Martín, otra vez te acostaste sin lavarte la cara! -le decía con una sonrisa dulce, de esas que les dibujan las madres a sus pequeños-, pero no le decía nada para no preocuparla.

La maestra veía que Martín se dormía de a ratos durante las clases y notaba cierta falta de interés por aprender, por lo cual citó a sus padres para indagarlos por si estaba sucediendo algo inusual en la familia que pudiese perturbar su conducta. Los padres se comprometieron a observar y dialogar con el niño al respecto, ya que no sabían qué podría estar ocurriéndole. Claro que todo fue en vano, ya que el pequeño les dijo que se distraía sin darse cuenta y prometió poner más atención en sus clases y tareas diarias, obviando contarles lo que perturbaba su mente y cuerpo, por las noches antes de dormir.
Para evitar que se repitiese la alarma en la escuela y volviesen a citar a sus padres se propuso vencer el miedo y enfrentar al gigante de la voz gruesa.
Entonces, buscó en el armario del altillo el viejo disfraz monstruoso que usó aquella noche de brujas en que asustó a sus vecinas a cambio de golosinas y dulces. Se pintó las manos con maquillaje negro y se colocó una máscara horrenda, de esas que harían temblar al mismo demonio. Tomó una linterna con una mano y la espada de su traje de pirata con la otra, y esperó que comenzase a sonar ese insufrible quejido. Tomó tanto coraje que se sentía alto, muy alto, casi tan alto como Gulliver. Estaba muy nervioso pero envalentonado, como si el disfraz le ocultara todos sus miedos. Ensayó una voz grave, como la del jorobado del tren fantasma (del parque de diversiones) que tanto le asustaba:
Grrrrrrr, GrrrrrRRRR, GRRRRRRRRRR, GRRRRRRRRRRRRRJJJJJJJJJ.

¡Ahora sí que estaba listo! Ya nada, ni nadie lo podrían vencer.
Al llegar la hora tan temida en esos últimos días, y cuando todos estaban acostados y las luces de la casa apagadas, agudizó sus oídos y abrió con amplitud los ojos para salir al ruedo. De pronto comenzó a sonar el zumbido, suavemente, tomando más potencia a medida que Martín se acercaba a esa habitación, tornándose prontamente más repetitivo.
El niño infló el pecho, elevando la espada y, listo para atacar, pegó una intensa patada a la puerta, la que se abrió al instante permitiéndole ver, con la luz de la linterna, al temible monstruo que tanto lo asustaba con su voz quebrada y estruendosa.

Grande fue su sorpresa al descubrir la verdadera razón de su temor y al gran protagonista de su cuento de terror nocturno. Tan grande fue que se le aflojaron las piernas, pues nunca podría haber imaginado que su padre roncaba tanto y tan fuerte.

La cafetera

No era casualidad encontrarse cada sábado en el “Bar literario Victoria Ocampo”. Ambos sabían que el exquisito café -con su aroma envolvente-, sumado a los libros, la poesía y la música del ambiente, los reuniría entre las cuatro y las seis de la tarde, casi como una cita obligada (algo habitual durante los últimos meses). En el aire había una atracción intelectual considerable que hacía que se reencontraran para disfrutar de las letras.

Un sábado lluvioso y frío él no asistió al encuentro (una tremenda fatalidad del destino se lo impidió). Ella lo esperó hasta altas horas de la noche; pensó en tachar los sábados en el calendario para pasar por alto que, lo que durante meses compartieron, ya no se repetiría, y así evitar el dolor de tanta ausencia.

Lucas, el propietario del local, cada sábado -de cuatro a seis- observa desde la barra el rincón contiguo a la biblioteca, donde reposan las joyas literarias de la autora, no logrando comprender lo bullicioso de tamaño silencio, en esa mesa que desde entonces carece de latidos; solo imagina la sombra de la mujer con sus gafas blancas en busca de respuestas.

Quizás por eso ha decidido apagar las luces, esperar una señal, un suspiro, un aroma especial y único, que le ayuden a descubrir por qué la cafetera, que aquel fatídico domingo dejó de funcionar, ruge a modo de lamento.